Una mirada en la oscuridad 

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La paradoja del uniforme: cuando el protector es el agresor  

Las imágenes que circularon esta semana en redes sociales no solo causan indignación; producen una profunda náusea social. Un mando operativo de la Policía Municipal de León sujetando del cuello y abofeteando a una mujer a plena luz del día. La escena es dantesca, pero trágicamente cotidiana. quienes están constitucionalmente contratados para cuidarnos de la violencia son, en demasiadas ocasiones, quienes la ejercen con impunidad. 

Frente al escándalo, la respuesta oficial siguió el manual del control de daños: la suspensión inmediata del funcionario. Sin embargo, no nos equivoquemos. No basta con despedir a un elemento. No basta con iniciar un proceso administrativo o penal contra un mando —si es que la justicia llega a concretarse—. Esas son medidas reactivas que apenas rascan la superficie de un problema estructural. La remoción de un agresor con placa no borra la violencia institucional arraigada en las fuerzas de seguridad, ni repara el trauma colectivo de una sociedad que se sabe desprotegida. 

En León libramos una batalla contra una violencia que ha convertido a nuestras calles en campos de cultivo para la impunidad. Pero la herida sangra con mayor gravedad cuando la agresión proviene del propio Estado. Las mujeres leonesas no solo caminan con miedo por la delincuencia; caminan con desconfianza absoluta hacia el uniforme. A esto se suma el impacto sobre la infancia y adolescencia, niñas, niños y jóvenes que han quedado atrapados como víctimas directas o colaterales de una violencia sistemática. 

La crisis actual no se resuelve con protocolos de escritorio. Lo que urge es un cambio de chip radical en las fuerzas policiales, una transformación profunda en la formación de los elementos donde la perspectiva de género y los derechos humanos se conviertan en el pilar inquebrantable de la corporación. Se requiere prevención real, educación continua y una erradicación absoluta de la cultura que hoy permea en los cuarteles. 

Aquí es donde la pregunta resulta ineludible y punzante: ¿Tiene el Ayuntamiento de León la capacidad de liderazgo y la legitimidad real para encabezar a la sociedad en este cambio cultural? 

Gobernar una ciudad no es administrar la coyuntura ni limitar la política a la propaganda de resultados. Gobernar exige liderazgo moral. Si las autoridades locales aspiran a recuperar la confianza perdida, deben asumir un compromiso inequívoco para liderar a la sociedad civil en una cruzada de fondo contra la violencia hacia las mujeres y los menores de edad. 

No más violencia institucional contra las mujeres en León. Ni en las patrullas, ni en las comisarías, ni en los escritorios gubernamentales.  


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