Entre bambalinas | Por Don Bambalinas
Opinión
Disney la reconoció como una leyenda. Para quienes crecimos viendo a Mia Thermopolis, Anne Hathaway llevaba años ocupando un lugar especial.
Se abre el telón y se levanta la ceja. Pero hoy, mis queridos lectores, el abanico viene de gala: hay una reina a la que quiero aplaudir.
Anne Hathaway recibió el reconocimiento Disney Legends el pasado 16 de agosto, durante D23 en Anaheim, California. Se trata de la máxima distinción de la compañía para quienes han contribuido de manera significativa a su historia. El director David Frankel, con quien trabajó en El diablo viste a la moda, presentó su homenaje.
Y sí, el nombramiento me parece merecido. Aunque reducir su carrera a una corona, unos zapatos de diseñador o una estatuilla sería quedarnos apenas en la entrada del palacio.
La princesa que nos enseñó a ocupar espacio
Su debut cinematográfico llegó en 2001 con El diario de la princesa. Allí conocimos a Mia Thermopolis, la adolescente que descubre que pertenece a la realeza de Genovia.
Lo entrañable de aquella película, para mí, nunca estuvo únicamente en la transformación de su apariencia. Estaba en su incomodidad: Mia parecía pedir disculpas por existir antes de aprender a tomar decisiones por sí misma.
Hathaway hizo que esa torpeza tuviera encanto sin quitarle vulnerabilidad. Nos permitió reconocer a alguien que todavía no sabía dónde poner las manos, qué decir o cómo enfrentar las expectativas ajenas.
Muchos quizá no encontramos una abuela con reino y limusina —el universo sigue debiéndome esa llamada—, pero sí entendimos lo que significaba sentirse fuera de lugar.
Por eso Mia permanece. La fantasía era convertirse en princesa; la emoción estaba en aprender a confiar en una misma.
Sobrevivir a Miranda también cuenta
Después llegó Andy Sachs en El diablo viste a la moda, otro de los personajes más reconocibles de su trayectoria.
Frente a una figura tan imponente como Miranda Priestly, Hathaway tenía una tarea complicada: sostener el centro emocional de la historia mientras el personaje de Meryl Streep se apropiaba de cada habitación.
Y, a mi juicio, lo consiguió. Su Andy podía ser ingenua, ambiciosa, graciosa y contradictoria. Podíamos celebrar su transformación y, al mismo tiempo, preguntarnos cuánto estaba dispuesta a sacrificar para pertenecer.
Mi reina, cualquiera puede ponerse un buen abrigo. Hacer que nos importe quién está dentro requiere actuación.
La corona no le quedó pegada
Una de las cosas que más admiro de Hathaway es que su carrera permite salir de la nostalgia y encontrar otros registros.
Con Rachel Getting Married, estrenada en 2008, obtuvo una nominación al Óscar como actriz protagonista. Después ganó el premio a actriz de reparto en 2013 por Los miserables.
En la primera, encuentro una actuación incómoda y llena de aristas. En la segunda, su Fantine concentra una desesperación que resulta difícil sacudirse.
Son trabajos que exigen algo distinto del encanto con el que tantos la conocimos. Allí está, para mí, la fuerza de su trayectoria: puede acompañarnos en una comedia que repetimos por gusto y también llevarnos a un lugar emocional del que cuesta salir.
Genovia le dio una corona; su trabajo construyó lo que vino después.
Una leyenda también vive en nuestra memoria
Disney Legends reconoce su aportación al legado de una compañía. Mi aplauso como espectador tiene una razón más personal: sus personajes han acompañado distintas etapas de nuestra vida.
Podemos volver a Mia buscando consuelo, a Andy para reírnos de nuestras propias ambiciones o a Fantine para recordar lo que una interpretación puede provocar.
No todas sus películas tienen que gustarnos. Admirar una carrera también permite discutirla, elegir nuestros trabajos favoritos y reconocer sus altibajos.
Lo valioso es que Hathaway ha construido suficientes personajes distintos como para que la conversación continúe más allá de aquel primer vestido de princesa.
Y eso merece celebrarse: haber crecido profesionalmente sin que el público tenga que renunciar al cariño por sus comienzos.
Hoy sí se cierra el abanico
Quienes leen esta columna saben que aquí la ceja suele levantarse ante los homenajes que llegan acompañados de demasiada promoción y pocas razones.
Hoy las razones están en la pantalla.
Anne Hathaway me ha hecho reír, llorar y regresar a películas que ya conozco de memoria. Ha dado forma a personajes que siguen despertando afecto y conversación años después de su estreno.
Por eso celebro su reconocimiento. Porque detrás de la nostalgia hay una actriz con trabajo suficiente para sostenerla.
Genovia será un reino ficticio. El cariño que despierta su reina, para muchos de nosotros, es completamente real.
Larga vida a la reina de Genovia. Y larga vida a Anne Hathaway.
Aquí el aplauso se gana. Hoy, Don Bambalinas se pone de pie.
—Don Bambalinas


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