Gafas inteligentes: ¿por qué varios gobiernos ya buscan restringirlas?

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Las cámaras y funciones de inteligencia artificial integradas en gafas que parecen convencionales están provocando restricciones en tribunales, propuestas de prohibición en espacios públicos y nuevas discusiones sobre privacidad.

Hasta hace poco, una persona que levantaba un teléfono para grabar podía ser identificada con relativa facilidad.

Ahora, la cámara puede estar frente a sus ojos.

Las gafas inteligentes equipadas con cámaras, micrófonos e inteligencia artificial están provocando una reacción cada vez más visible de gobiernos, tribunales, empresas y organismos de privacidad. El temor no se limita a que alguien pueda tomar una fotografía: la preocupación es que estas tecnologías hagan posible grabar, transmitir o procesar información sin que las personas alrededor sepan que están siendo captadas.

Las Ray-Ban Meta, desarrolladas por Meta y EssilorLuxottica, han colocado el problema en el centro del debate. Pero las restricciones que empiezan a aparecer no afectan únicamente a una marca.

El problema es la tecnología.

No todos están prohibiendo las gafas inteligentes

La reacción internacional todavía está lejos de convertirse en una prohibición general.

En algunos lugares ya existen restricciones específicas. En otros, apenas hay propuestas o consultas regulatorias.

La diferencia importa.

Noruega, por ejemplo, anunció que prepara una propuesta para prohibir temporalmente el uso de gafas con inteligencia artificial y cámaras en determinados espacios públicos, entre ellos parques, playas, museos, centros comerciales, escuelas, guarderías, instalaciones sanitarias, gimnasios y eventos públicos. La venta de los dispositivos no quedaría necesariamente prohibida.

La propuesta todavía necesita convertirse en legislación.

En Inglaterra y Gales, en cambio, la restricción ya es una realidad dentro de los tribunales. Las autoridades judiciales prohibieron las gafas inteligentes de Meta debido al riesgo de grabaciones no autorizadas y las personas que las porten pueden tener que entregarlas al ingresar.

Y en Estados Unidos, el Sistema Judicial Unificado de Nueva York prohibió desde el 20 de julio las gafas y accesorios capaces de grabar audio o video dentro de sus instalaciones. La medida incluye dispositivos graduados y no graduados, así como otros accesorios con cámara, micrófono o tecnología de grabación.

La razón es sencilla: evitar que alguien pueda registrar un procedimiento judicial de manera encubierta.

Australia no está prohibiendo su importación

Australia muestra otra parte del problema.

El gobierno federal está revisando las implicaciones de las gafas inteligentes y considera posibles restricciones para dispositivos con cámaras en determinados lugares de trabajo gubernamentales.

Pero hay una precisión importante: el gobierno australiano dijo en agosto y septiembre que no estaba considerando una prohibición de importación.

En cambio, abrió una consulta sobre nuevas tecnologías portátiles y sus riesgos para la privacidad. Las reformas propuestas a la legislación de privacidad incluyen medidas relacionadas con inteligencia artificial y dispositivos portátiles como las gafas inteligentes.

Es una diferencia que revela hacia dónde parece dirigirse el debate: no necesariamente prohibir la tecnología, sino determinar dónde, cuándo y bajo qué condiciones puede utilizarse.

Europa todavía está intentando definir las reglas

En la Unión Europea, las gafas inteligentes también están bajo escrutinio.

El Comité Europeo de Protección de Datos encargó un informe sobre la llamada “aceptabilidad social” de estos dispositivos, mientras legisladores europeos han pedido a la Comisión Europea que evalúe posibles medidas.

Hasta ahora, no existe una legislación europea que prohíba de manera general las gafas inteligentes.

Pero el debate ya está pasando del terreno tecnológico al jurídico.

La pregunta no es únicamente si una persona tiene derecho a grabar en un espacio público. También importa qué ocurre cuando la persona que está siendo grabada no sabe que existe una cámara frente a ella.

Países Bajos: el problema llegó a las tiendas

En Países Bajos apareció una señal distinta: la reacción comercial.

La cadena de ópticas Hans Anders suspendió la venta de las Ray-Ban Meta en Países Bajos y Bélgica, argumentando que existe un debate público y político creciente sobre las condiciones bajo las cuales puede utilizarse esta tecnología.

La decisión no equivale a una prohibición gubernamental.

Pero sí muestra que la incertidumbre regulatoria puede empezar a afectar incluso la distribución de estos productos.

El caso neerlandés también expone una dificultad que probablemente se repetirá en otros países: las gafas inteligentes no son necesariamente reconocibles como cámaras para quien observa a la persona que las lleva.

Meta sostiene que sus dispositivos incorporan un indicador luminoso que avisa cuando la cámara está grabando y ha añadido mecanismos para impedir que la cámara funcione si ese indicador es manipulado.

Los críticos, sin embargo, cuestionan si esas medidas son suficientes para garantizar un consentimiento real.

El problema no termina en la privacidad

Hay otra razón por la que estas gafas están provocando restricciones.

Los cines británicos están estudiando limitar o prohibir su utilización por temor a la piratería de películas, mientras algunos negocios ya han adoptado políticas contra el uso de dispositivos capaces de grabar de manera discreta.

Y existe una preocupación adicional: la seguridad de los propios dispositivos.

Una investigación de ABC News en Australia encontró vulnerabilidades en algunas gafas inteligentes económicas que podían dejar expuestas fotografías, videos y datos personales ante ataques cercanos mediante Bluetooth.

Eso amplía el problema.

Ya no se trata solamente de preguntarse quién puede grabarte.

También hay que preguntarse quién puede acceder después a lo que esas gafas grabaron.

La pregunta que los teléfonos no resolvieron

Las cámaras de los teléfonos celulares transformaron la privacidad en espacios públicos. Las gafas inteligentes llevan ese problema un paso más allá porque eliminan una de las señales más evidentes de que alguien está grabando.

Una persona puede estar conversando contigo mientras la cámara está prácticamente a la altura de sus ojos.

Puede parecer que simplemente está usando unos lentes.

Y ahí aparece el verdadero desafío para los reguladores.

La discusión no debería reducirse a si las gafas inteligentes son buenas o malas. Tienen aplicaciones legítimas: desde accesibilidad hasta traducción, navegación y asistencia para personas con discapacidad.

El problema es establecer límites que permitan esos usos sin convertir los espacios cotidianos en lugares donde cualquier persona pueda ser registrada sin saberlo.

Por ahora, los gobiernos están respondiendo de maneras diferentes: algunos restringen espacios específicos, otros preparan leyes, algunos revisan sus normas de privacidad y otros esperan nuevas evaluaciones.

La tecnología avanza más rápido que esas reglas.

Y mientras los legisladores deciden cómo alcanzarla, las cámaras ya están llegando a la altura de los ojos.


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