DC se olvida de los superhéroes y encuentra algo más inquietante en ‘Clayface’

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La película de James Watkins transforma a uno de los villanos clásicos de Batman en un relato de horror corporal, identidad y obsesión con la imagen. No todo funciona, pero cuando se aleja de las convenciones de DC es cuando realmente encuentra personalidad.

Hay algo extraño en Clayface: mientras menos parece una película de superhéroes, mejor funciona.

La nueva cinta dirigida por James Watkins toma a uno de los villanos clásicos asociados con Batman y decide no tratarlo como una pieza más del enorme tablero de DC. En lugar de construir otra historia alrededor de capas, héroes y amenazas gigantescas, apuesta por algo mucho más incómodo: el cuerpo como territorio del horror y la identidad como una batalla que puede terminar por destruir a quien la libra.

Y esa decisión termina siendo, probablemente, su mayor virtud.

La película sigue a Matt Hagen, una estrella ascendente de Hollywood cuya vida cambia después de que un mafioso de Gotham desfigura su rostro. Para alguien cuya carrera depende precisamente de su apariencia, perder la cara no es solamente una tragedia física: significa perder aquello que lo hacía reconocible ante los demás.

Ahí comienza realmente Clayface.

El rostro como identidad

La historia toma elementos de distintas versiones del personaje de los cómics para construir una nueva interpretación. Matt Hagen es actor, vive de su imagen y, después de la agresión, termina involucrado con una sustancia y una investigación científica que le permiten recuperar su rostro y modificar su apariencia.

El problema es que recuperar la capacidad de convertirse en cualquiera puede tener una consecuencia mucho más perturbadora: dejar de saber quién eres tú mismo.

La película encuentra ahí su mejor lectura.

Matt no solamente quiere recuperar su carrera. También quiere recuperar la versión de sí mismo que existía antes de convertirse en monstruo. Pero conforme descubre lo que puede hacer con su nuevo cuerpo, la transformación deja de ser una herramienta para convertirse en una amenaza.

Watkins, quien ya ha trabajado con historias de tecnología, identidad y comportamiento humano en Black Mirror, aprovecha esa premisa para plantear una pregunta bastante más interesante que la habitual batalla entre héroe y villano:

¿Qué queda de una persona cuando su identidad depende completamente de cómo la miran los demás?

En el caso de Matt Hagen, la respuesta se vuelve cada vez más desagradable.

Cuando DC se convierte en horror

La película adquiere verdadera personalidad cuando abraza el body horror.

La transformación física de Matt no es presentada como un simple superpoder espectacular. Es dolorosa, viscosa y, en algunos momentos, francamente desagradable. La mutación del cuerpo se convierte en una extensión de su deterioro emocional.

Ahí aparecen ecos evidentes de películas como La sustancia y La mosca, particularmente por esa obsesión con la carne, la transformación y la pérdida progresiva del control sobre el propio cuerpo.

Y Clayface no parece tener demasiado interés en suavizarlo.

Hay escenas capaces de provocar rechazo precisamente porque la película consigue que la transformación se sienta física. El maquillaje, los efectos prácticos y el trabajo digital convierten el rostro en un escenario de deformación constante.

Eso es importante porque el monstruo no aparece simplemente cuando Matt adquiere poderes.

El monstruo aparece cuando empieza a perder el control sobre aquello que esos poderes despiertan en él.

Tom Rhys Harries carga con la transformación

Buena parte de la película depende de Tom Rhys Harries, quien interpreta a Matt Hagen.

El actor tiene que recorrer un camino complicado: primero debe resultar convincente como una estrella vulnerable, después como un hombre obsesionado con recuperar lo que perdió y finalmente como alguien capaz de cruzar límites cada vez más peligrosos.

La evolución no siempre tiene el mismo ritmo, pero Harries consigue mantener cierta humanidad en el personaje incluso cuando sus decisiones comienzan a resultar difíciles de justificar.

Naomi Ackie funciona como contrapunto emocional y ayuda a que la película no termine convertida exclusivamente en una exhibición de deformidades y violencia.

La relación entre ambos es, de hecho, una de las piezas que permite que el relato conserve algo de humanidad mientras el protagonista se hunde progresivamente.

Gotham es donde la película pierde fuerza

No todo funciona.

El mayor problema aparece precisamente en el lugar donde debería existir una identidad visual más poderosa: Gotham.

La ciudad resulta demasiado luminosa y reconocible como una gran metrópoli contemporánea. Eso no es necesariamente un problema por sí mismo, pero sí termina debilitando una de las características históricas del universo de Batman: Gotham siempre ha sido algo más que una ciudad. Es una extensión de la enfermedad de sus personajes.

Aquí esa sensación desaparece parcialmente.

Paradójicamente, Clayface logra construir un monstruo con mucha personalidad, pero no consigue que el escenario tenga la misma fuerza.

Y existe otra contradicción.

Cuando la película se aleja de las convenciones de DC, encuentra su identidad. Cuando comienza a acercarse nuevamente a ellas, pierde parte de esa personalidad.

El último tramo es más violento, más espectacular y más reconocible para el público acostumbrado al género superheroico. Watkins dirige esas secuencias con solvencia, pero el resultado resulta menos interesante que la primera mitad, cuando la película todavía parece estar descubriendo qué clase de monstruo quiere ser.

El riesgo termina siendo la mejor noticia

Con una calificación de 3.5 estrellas, Clayface no es una película perfecta. Tiene problemas de ritmo, una Gotham poco memorable y un desenlace que se acerca demasiado a las convenciones que había logrado esquivar.

Pero hay algo más importante.

Se atreve.

En una época en la que buena parte del cine de superhéroes parece obligado a conectarse con otra película, explicar otro personaje o preparar el siguiente acontecimiento de una franquicia, Clayface resulta más interesante cuando decide mirar hacia otro lado.

No necesita conocimientos previos sobre DC. No depende de Batman. No convierte sus referencias en el centro de la historia.

Y eso permite que el villano deje de ser simplemente un personaje conocido para convertirse en algo más inquietante: un hombre obsesionado con recuperar su rostro que termina perdiéndose dentro de todas las caras que puede adoptar.

Quizá ahí esté la verdadera apuesta de James Watkins.

No contar la historia de un monstruo que obtiene poderes, sino la de un hombre que consigue convertirse en cualquiera excepto en sí mismo.

Y cuando Clayface entiende eso, DC deja de importar por un momento.

El horror empieza a hablar por sí solo.


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