El presidente estadounidense bromeó con la posibilidad de llamar “Océano Trump” o “Océano de las Américas” al Atlántico o al Pacífico. La propuesta llega después de impulsar cambios de nombre para otros accidentes geográficos.
Donald Trump ya cambió el nombre de un golfo. Ahora parece querer poner el suyo en un océano.
Durante un mitin en Clarksville, Tennessee, el presidente de Estados Unidos sugirió entre risas y aplausos que el Atlántico o el Pacífico podrían llamarse “Océano Trump” o “Océano de las Américas”.
“Necesitamos un río y necesitamos un océano”, dijo el mandatario, según la agencia EFE.
La declaración fue presentada en tono de broma, pero encaja con una estrategia que Trump ya ha utilizado durante su actual administración: llevar la disputa política hasta los nombres de lugares que forman parte del imaginario geográfico de Estados Unidos.
Después de ordenar el cambio de denominación del Golfo de México por “Golfo de América”, Trump también ha promovido modificaciones en otros nombres geográficos y llegó a sugerir que el estado de Nuevo México podría llamarse “Nueva América”.
Ahora puso sobre la mesa los dos grandes océanos que rodean al país.
¿Puede Trump realmente hacerlo?
Aquí aparece la diferencia entre una ocurrencia política y un cambio efectivo de nombre.
El presidente estadounidense puede ordenar modificaciones en las denominaciones oficiales utilizadas por las agencias federales. Eso significa que el Gobierno de Estados Unidos puede adoptar una determinada nomenclatura dentro de sus documentos y mapas oficiales.
Pero eso no obliga automáticamente al resto del mundo a utilizarla.
La denominación de accidentes geográficos con relevancia internacional involucra también el uso que hagan otros gobiernos, organismos internacionales, medios de comunicación, instituciones académicas y empresas privadas.
En otras palabras: Trump puede ordenar cómo lo llama su administración, pero otra cosa es conseguir que el planeta entero lo llame igual.
Eso ya ocurrió con el Golfo de México, cuya denominación histórica continúa siendo utilizada ampliamente fuera de Estados Unidos.

Trump sí descartó algunos ríos
El presidente también habló de poner su nombre a un gran río estadounidense.
Sin embargo, descartó modificar el nombre del Hudson, que atraviesa Nueva York y lleva el apellido del explorador Henry Hudson.
También rechazó la posibilidad de cambiar el nombre del Misisipi.
La selección resulta curiosa: Trump quiere un océano y un río a su nombre, pero por ahora algunos de los símbolos geográficos más reconocibles del país quedan fuera de la propuesta.
El punto
Más allá de que la declaración haya sido una broma, el episodio revela algo más interesante que la posibilidad de que algún día exista un “Océano Trump”.
Los nombres también son poder.
Cambiar el nombre de un lugar permite intentar modificar la manera en que una sociedad identifica un territorio, una historia o incluso una relación con otros países.
Por eso estas decisiones no son completamente inocentes.
En el caso de Trump, además, existe un patrón: su apellido aparece repetidamente como parte de una política que busca dejar una marca visible sobre instituciones, espacios y símbolos públicos.
El océano, por ahora, parece ser solamente una provocación lanzada desde un mitin.
Pero si algo ha demostrado Trump es que algunas de sus bromas políticas terminan convirtiéndose en órdenes ejecutivas.
Y quizá esa sea la verdadera noticia.


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