La idea de que un hombre siempre debe tener ganas, mantener una erección y saber exactamente qué hacer en la cama puede convertir el placer en una prueba de rendimiento. Especialistas explican cómo esas expectativas terminan afectando el deseo.
Hay una contradicción en la forma en que todavía se habla de la sexualidad masculina: se espera que los hombres siempre quieran tener sexo, pero al mismo tiempo se les exige que sean expertos, resistentes, seguros y capaces de responder físicamente en cualquier momento.
El problema es que el deseo no funciona como un interruptor.
El sexólogo y psiquiatra Moisés Franco Madero explicó a MILENIO que la sexualidad está atravesada no solamente por factores biológicos, sino también por elementos culturales, sociales y emocionales.
El estado de ánimo, la calidad del sueño, la actividad física e incluso factores ambientales pueden influir en el deseo. Por eso, que un hombre no tenga ganas de sexo en determinado momento no significa necesariamente que exista un problema sexual.
El primer mito: los hombres siempre quieren
Uno de los estereotipos más persistentes es asumir que un hombre siempre está dispuesto a tener relaciones sexuales.
Esa expectativa puede generar presión. Si alguien no tiene deseo, puede interpretar esa situación como una falla personal en lugar de entenderla como una variación normal de la respuesta sexual.
Y cuando el sexo comienza a sentirse como una obligación, el deseo difícilmente mejora.
El segundo mito: sin erección no existe sexo
La otra gran trampa está en convertir la penetración y la erección en el centro de toda experiencia sexual.
Este enfoque, conocido como coitocentrismo, reduce el encuentro sexual a una sola práctica y coloca sobre el pene una responsabilidad desproporcionada: demostrar deseo, masculinidad y capacidad sexual al mismo tiempo.
Cuando la erección no aparece, desaparece o no dura como se esperaba, la preocupación puede convertirse rápidamente en ansiedad por rendimiento.
Y entonces aparece el círculo difícil de romper: la persona se preocupa tanto por responder físicamente que termina alejándose del placer.
Franco Madero plantea que la sexualidad también puede vivirse desde el erotismo, los tocamientos y la masturbación, sin convertir la penetración en el único objetivo.

El problema de convertir el sexo en examen
La pornografía también ha contribuido a construir expectativas poco realistas sobre experiencia, desempeño y disponibilidad sexual.
El hombre que debe “saberlo todo”, tener siempre deseo y mantener una erección puede terminar comparándose con un estándar imposible.
La educadora sexual Camila Lavalle ha señalado que esa presión puede afectar la autoestima sexual, especialmente cuando existen dificultades de erección o problemas relacionados con la eyaculación.
Pero una respuesta física determinada no define por sí sola la sexualidad de una persona.
El punto
La pregunta no debería ser solamente por qué un hombre perdió las ganas de tener sexo, sino qué está ocurriendo alrededor de ese deseo.
Estrés, cansancio, estado emocional, expectativas, problemas de pareja o presión por cumplir un determinado papel sexual pueden influir. Y cuando la preocupación se vuelve persistente o existe una dificultad sexual recurrente, también puede ser necesario buscar orientación profesional.
El cambio importante está en dejar de entender el sexo como una prueba que debe aprobarse.
Porque si un hombre siente que en cada encuentro tiene que demostrar que es suficientemente masculino, experimentado y potente, el sexo deja de ser un espacio de placer y comienza a parecerse demasiado a un examen.


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