El espejismo naranja: propaganda, represión y el colapso de lo básico

El espejismo naranja: propaganda, represión y el colapso de lo básico

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Los gobiernos que presumen el color naranja se han convertido en la radiografía más fiel del cinismo político moderno. Su maquinaria de comunicación no busca resolver problemas, sino administrar su popularidad con miras estrictamente electorales, maquillando la realidad mientras los servicios públicos colapsan. Dos ejemplos recientes retratan con crudeza este fracaso sistémico: la crisis del agua en la Zona Metropolitana de Guadalajara y el fracaso rotundo del transporte público en la ciudad de León. En ambos casos, las protestas ciudadanas han tenido que arrancarles a golpes de movilización lo que la soberbia institucional les niega sistemáticamente: capacidad de diálogo y rendición de cuentas.

En León, la alcaldesa Alejandra Gutiérrez encarna a la perfección la falsa suficiencia de un partido que se asume como aplanadora mayoritaria, pero que padece una profunda incapacidad para escuchar. Tuvieron que ser las y los estudiantes de escuelas públicas y privadas quienes la obligaran, contra su voluntad, a sentarse a un diálogo real. Hoy la advertencia de la juventud leonesa es clara: vigilarán cada paso para que se cumpla lo prometido. Porque lo que padecemos no es un sistema de movilidad, sino una trampa urbana: un transporte público ineficiente, inseguro, que colapsa por todas las vías, carente de cobertura total, desesperadamente lento y carísimo.

El espejismo naranja: propaganda, represión y el colapso de lo básico
El espejismo naranja: propaganda, represión y el colapso de lo básico

La farsa ambiental de este gobierno no aguanta un análisis serio. La promesa de reducción de emisiones de carbono se redujo a retórica vacía. A pesar de los millonarios recursos y subsidios entregados sin escrúpulos a los concesionarios, en las calles de León no rueda ni un solo camión eléctrico. Los bolsillos de unos cuantos se llenan, mientras la ciudadanía asume el costo de un servicio chatarra.

Pero si en León el gobierno se refugia en la simulación, en Jalisco el mandato de Pablo Lemus ha cruzado la frontera hacia la infamia. Las protestas de la ciudadanía jalisciense no son capricho: exigen algo elemental que les ha sido negado: agua limpia. De las llaves de los hogares sale un líquido contaminado y sucio, una afrenta inaceptable. Y el enojo se multiplica cuando se recuerda el agravio histórico hacia Guanajuato: para eso nos quitaron el agua a los leoneses, para despilfarrarla. La mitad del agua que se distribuye en la Zona Metropolitana de Guadalajara se desperdicia por las fugas y la absoluta ineficacia de las administraciones naranjas.

Lejos de asumir la culpa con vergüenza, la respuesta del régimen en Guadalajara fue todavía más insensible y ruin: ante la exigencia legítima de la población, respondieron con el garrote. Golpearon y reprimieron a la gente.

Ese es el verdadero sello de los gobiernos naranjas: ineptitud administrativa, insensibilidad social y represión cuando la verdad les estalla en la cara. Nos gobiernan quienes prefieren gastar en fachadas electorales mientras la gente bebe agua sucia o paga tarifas ecocidas por camiones obsoletos. El espejismo se cae a pedazos.


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